Al día siguiente, Yolanda volvió a trabarse. Esta vez era una escena de ruptura. Lloraba muy bonito, con los ojos y la punta de la nariz enrojecidos, pero el director mandó cortar siete veces seguidas.
—No se trata solo de que te cueste terminar la relación. Sabes que él no te ama y, aun así, no te atreves a irte.
Yolanda arrojó el guion.
—¡Nunca he tenido una relación así! ¿Cómo se supone que la interprete?
Nadie dijo nada. Ella miró a Benjamín con los ojos rojos.
—¿De verdad soy tan tonta?
Él estaba sentado detrás de los monitores, con un cigarrillo sin encender entre los dedos.
—Busquen a Alicia.
***
Yo estaba en el estudio de al lado, grabando un anuncio de champú. Cuando llegó el asistente, todavía tenía la cabeza llena de espuma.
—Benjamín quiere que vayas ahora mismo.
El director del anuncio se inquietó.
—Pero todavía no terminamos de grabar.
El asistente puso cara de no saber qué hacer.
—Dice que solo va a esperar diez minutos.
Me enjuagué a toda prisa y fui con el cabello mojado. Benjamín frunció el ceño apenas me vio. Se quitó la chaqueta y me la puso directamente sobre la cabeza.
—¿No podías secarte antes de venir?
—Dijiste que solo esperarías diez minutos.
Se quedó sin respuesta. Empezó a secarme el pelo con más fuerza.
—Te dije que te apuraras, no que te enfermaras.
Sentada en medio del set, Yolanda lo apuró en voz baja.
—Benjamín, todos están esperando.
Él le arrojó la chaqueta al asistente.
—Llévala a cambiarse.
Me quedé desconcertada.
—¿A cambiarme para qué?
—Vas a hacer la escena para que ella vea cómo se hace.
La encargada de vestuario me trajo la ropa de Yolanda. Me quedaba tan ajustada en la cintura que tuve que contener la respiración para ponérmela.
Dejaron una sola luz encendida. Benjamín se sentó fuera de cuadro para darme la réplica.
Había memorizado esos diálogos de tanto repetirlos. Después de todo, eran míos. Cuando dijo que quería terminar la relación, lo miré a los ojos y, de pronto, olvidé que estaba actuando.
—Si de verdad la quieres, voy a dejar de esperarte.
Benjamín no dijo su siguiente línea. El silencio en el set se volvió extraño. Estaba sentado en las sombras y no alcanzaba a distinguir su expresión.
—Benjamín, te toca —le recordó el director en voz baja.
Solo entonces bajó la mirada.
—Otra vez.
En la segunda toma tampoco pudo responder. Antes de la tercera, entró en cuadro y me sujetó de la nuca. Sentí la presión de las yemas de sus dedos sobre la piel.
—No me mires así.
No entendí.
—El director dijo que me tiene que costar dejarte.
—¿Eso es lo que estás haciendo?
Estaba tan cerca que solo yo podía oírlo.
—Me estás mirando como si te estuvieras despidiendo de mí.
El corazón me dio un vuelco y desvié la mirada por instinto.
—Es que no sé actuar.
—Más te vale que sea eso.
Me soltó y volvió detrás de los monitores. Seguimos repitiendo la escena hasta que la cuarta toma salió bien. Apenas el director la dio por buena, Yolanda entró en el set.
—Ya entendí.
Repitió la escena copiando mis pausas y mis movimientos. Esta vez, el director por fin asintió.
—Eso es lo que buscaba.
Yolanda pasó del llanto a la sonrisa y el equipo empezó a aplaudir. Yo seguía fuera de cuadro, vestida de protagonista, pero me sentía como una doble que se había metido ahí por accidente.
Al terminar, el director envió al grupo de trabajo un video preliminar del rodaje. Solo aparecía la última toma de Yolanda. El texto decía:
«Una debutante con talento natural. Entra en personaje en un segundo».
Lorena me envió tres signos de interrogación.
«¿No fuiste tú quien le enseñó esa escena?»
Escribí una respuesta y la borré. A Benjamín no le gustaba que reclamara por esas cosas. Decía que un actor con verdadero talento no necesitaba pasarse el día presumiendo sus méritos.
Respondí:
«Ella también lo hizo bastante bien».
De pronto me quitaron el teléfono de la mano. Benjamín leyó la conversación con expresión fría.
—¿Quieres que te den el crédito?
—No.
—Yolanda está empezando. Necesita esa publicidad.
Entró en la casa rodante, se sentó y me acomodó sobre sus piernas. Intenté apartarme, por miedo a que hubiera alguien afuera, pero enseguida me sujetó con más fuerza de la cintura.
—Quédate quieta.
Hundió la cara en mi cuello y respiró hondo. Llevaba días durmiendo muy poco. Tenía ojeras y la voz ronca.
Tomé una pastilla para la garganta de la mesa, la desenvolví y se la acerqué a la boca. La aceptó y me mordió suavemente la punta del dedo.
—Si estás molesta, dilo.
—No estoy molesta.
—Entonces, ¿por qué hoy no me miras?
—Porque me da miedo mirarte de una forma que no te guste —murmuré.
Benjamín levantó la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
—Dijiste que te miraba como si me estuviera despidiendo.
Se quedó observándome un buen rato y de pronto me abrazó con más fuerza.
—Deja de darle tantas vueltas. Cuando Yolanda termine esta película, te buscaré un guion mejor.
Siempre prometía cosas para después. Antes me encantaba oírlo, porque ese después parecía tan lejano que daba tiempo para todo.
El celular volvió a vibrar. Era un mensaje de Lorena.
«La agencia aceptó rescindir el contrato. Mañana firmas».
No respondí enseguida. Benjamín seguía abrazándome. Su corazón latía al otro lado de la camisa, junto a mi oído.
Pensé que podía esperar un día más. Si de verdad pensaba cumplir su promesa de conseguirme un papel mejor, quizá me quedara.