Cuando terminé de firmar, la ceremonia todavía no había acabado. Lorena guardó el acuerdo y me observó un buen rato.
—Si quieres llorar, llora.
Negué con la cabeza.
—El maquillaje salió caro. Si se corre, la maquillista va a tener que retocármelo.
Lorena no se rio. Me abrazó y estuve a punto de quebrarme, pero contuve las lágrimas apenas empezaron a brotar.
De niña, papá siempre decía que yo lloraba por todo. Si se abría un chorizo en la parrilla, lloraba. Si perdía un punto en un examen, también. Él se reía de mí mientras sacaba el choripán más grande de debajo del mostrador y me lo daba.
—Llora, mi hija. Después te comes un choripán. No se va a acabar el mundo.
Cuando papá murió, ya no hubo nadie que me consolara así. Y poco a poco aprendí a no llorar.
Antes de irme, pasé por el camerino de Benjamín en el estudio. Al día siguiente, Benjamín tenía una escena importante. Cuando se dejaba llevar por la emoción, tendía a enfatizar demasiado cada palabra. Le señalé varios pasajes del guion para que recordara moderarse.
Solo quedaba media caja de pastillas para la garganta, así que le pedí al asistente que comprara otras dos. Él me miró, extrañado.
—¿Mañana no vienes?
—Tengo algo que hacer.
—¿Y qué va a hacer Benjamín?
Me quedé pensando. Todos parecían creer que, sin mí, Benjamín tendría un montón de problemas. Pero había ganado tres premios al mejor actor y, antes de conocerme, se las arreglaba perfectamente.
—Recuérdale que coma a sus horas y que no tome café con el estómago vacío. Ah, y suele dolerle la cabeza después de las escenas en el agua.
Cuanto más hablaba, más sospechaba el asistente que algo no estaba bien.
—¿Adónde vas?
Me quité la credencial.
—A casa.
—¿Cuántos días vas a descansar?
No respondí.
El mes anterior, el vecino me había enviado una foto del viejo carrito. Seguía en el depósito, con la estructura de hierro oxidada. La palabra "Choripanes" ya se había borrado del letrero "Choripanes de don Héctor".
Ya había hablado con alguien para repararlo. Con cambiar la parrilla y darle una mano de pintura, seguramente podría volver a usarlo.
Papá no había vivido para verme libre de aquel contrato. Pero el carrito que me había dejado seguía esperándome.
***
Benjamín no salió de la presentación hasta medianoche. Le pidió al conductor que llevara a Yolanda al hotel y regresó al estudio.
Tenía que rodar a las seis de la mañana. Como de costumbre, esperaba encontrar a Alicia en su camerino privado.
Abrió la puerta. No había nadie. Sobre la mesa encontró agua, medicamentos y dos cajas de pastillas para la garganta. Su expresión se suavizó un poco.
—Al menos te acordaste de volver.
El asistente entró detrás de él, con ganas de decir algo, pero sin atreverse.
Benjamín abrió el guion. Estaba lleno de notas escritas por Alicia.
"Aquí no fuerces una voz grave. El director quiere que se note lo que te cuesta dejarla ir".
"Recuerda cambiarte de ropa después de la escena en el agua".
"El medicamento para el estómago está en el segundo cajón".
También había una nota en la última página. Solo decía:
"Benjamín, fue un gusto trabajar contigo".
Se quedó mirándola unos segundos y la arrancó.
—¿Dónde está?
—Se fue —respondió el asistente en voz baja.
—¿Adónde?
—Dijo que se iba a casa.
Benjamín se recostó en la silla y soltó una risa desdeñosa.
—¿Y ahora qué le pasa? ¿Sigue con lo de la edición conmemorativa?
El asistente no respondió. Benjamín arrojó el guion sobre la mesa.
—Llámala. Que vuelva antes del rodaje. No me gusta cambiar de gente a última hora.
El asistente no se movió.
—Alicia ya no trabaja con la agencia.
Por fin se le borró el gesto de suficiencia.
—¿Qué quieres decir?