Cuando terminé de firmar, la ceremonia todavía no había acabado. Lorena guardó el acuerdo y me observó un buen rato.—Si quieres llorar, llora.Negué con la cabeza.—El maquillaje salió caro. Si se corre, la maquillista va a tener que retocármelo.Lorena no se rio. Me abrazó y estuve a punto de quebrarme, pero contuve las lágrimas apenas empezaron a brotar.De niña, papá siempre decía que yo lloraba por todo. Si se abría un chorizo en la parrilla, lloraba. Si perdía un punto en un examen, también. Él se reía de mí mientras sacaba el choripán más grande de debajo del mostrador y me lo daba.—Llora, mi hija. Después te comes un choripán. No se va a acabar el mundo.Cuando papá murió, ya no hubo nadie que me consolara así. Y poco a poco aprendí a no llorar.Antes de irme, pasé por el camerino de Benjamín en el estudio. Al día siguiente, Benjamín tenía una escena importante. Cuando se dejaba llevar por la emoción, tendía a enfatizar demasiado cada palabra. Le señalé varios pasajes del guio
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