60.
AURORA
Líneas finas rojas marcan su pecho, la sangre brilla entre ellas como si no doliera, o tal vez lo hace, pero no es nada comparado con lo que su corazón siente.
Mi propio corazón duele, mi pecho se oprime al verlo herido, sufriendo así como yo lo hago.
Aprieto mis manos a los costados, soltando ligeramente el aire que mantenía reprimido. No podía negar esto, lo que sentía por él, por ambos.
Su mano sigue extendida, enorme, mortal, una que me atrevo a tomar, sintiendo su delicadeza al