Londres se había despertado con un cielo color ceniza que amenazaba con desplomarse sobre nosotros. En la planta sesenta de Blackwood Holdings, la atmósfera no era mucho mejor. La tensión entre Spencer y yo se había vuelto algo casi físico, una corriente eléctrica que zumbaba cada vez que nuestras manos rozaban un plano o cuando nuestras miradas se cruzaban por encima de las pantallas de los ordenadores.
Mantener el "acuerdo" era mucho más difícil de lo que el manual de procedimientos de la Gár