El bar era un refugio de luces de neón parpadeantes y bajos que golpeaban en el pecho. Me sentía ligera, flotando entre el olor a ginebra y la risa mordaz de mi hermana Chloe. Hacía apenas unas horas estaba cubierta de barro en una obra, y ahora, con un vestido que apenas cubría lo necesario, intentaba olvidar que mi jefe era el hombre más irritante y, a la vez, el más magnético de Londres.
—...Están diseñados para hacernos creer eso y luego dejarnos con la factura de la terapia —sentenció Chlo