Entré en el edificio de Blackwood Holdings sintiendo que el nudo de mi corbata me apretaba más de lo habitual. Por fuera, era el mismo hombre de siempre: traje de tres piezas perfectamente almidonado, mandíbula rígida y una mirada capaz de congelar el Támesis. Pero por dentro, el eco de la risa de Casey Donovan en mi apartamento y la sensación de su piel contra el granito de mi cocina seguían vibrando como una interferencia en mi frecuencia de radio.
Subí en el ascensor privado, comprobando mi