El sol ya había alcanzado su punto más alto cuando Marcos finalmente cruzó las puertas de vidrio del edificio corporativo. No llevaba prisa. De hecho, caminaba con una tranquilidad insólita, como si fuera un turista en su propia empresa. Llevaba la misma camisa blanca del día anterior, arrugada, abierta un par de botones más de lo habitual, revelando parte de su pecho. Sus pantalones oscuros, aunque aún impecables, tenían una arruga sospechosa en la parte trasera que delataba que no habían sido