La suite del hotel en el corazón de Milán era más un suspiro de lujo que un simple lugar de descanso. Cada detalle estaba diseñado con sutileza: los muros de tonos cálidos, los acabados de madera noble, los jarrones de cristal tallado con flores frescas, y una amplia terraza con cortinas de lino blanco que danzaban suavemente con la brisa. Desde allí, la ciudad se extendía como una pintura viva: el perfil de los tejados antiguos, el trazo lejano del Duomo, y más allá, el cielo italiano que come