La noche caía pesada sobre la ciudad. Los ventanales del penthouse dejaban entrar solo un fragmento de la luna, oculto entre nubes. Marcos D’Alessio caminaba de un lado al otro de su sala, con la camisa desabrochada hasta la mitad y los puños del pantalón del pijama arrugados de tanto apretar las manos contra ellos.
No había tocado su cena. No había abierto el portátil. No había contestado más llamadas desde las 8:00 p. m. Y ahora eran las 2:17 de la madrugada.
Apoyó la frente contra el vidrio.