La noche había caído sobre la ciudad y la suite presidencial seguía iluminada por la luz suave de las velas. Marcos e Isabella permanecían abrazados en el gran sofá de la terraza, con el murmullo lejano de la ciudad y el eco distante de los fuegos artificiales aún presentes en sus oídos. El aire estaba cargado de una calma casi irreal, y sin necesidad de palabras, ambos compartían la certeza de que ese momento marcaría sus vidas para siempre.
Después de tanto tiempo de incertidumbre, de miedos