El sol ya había trepado alto cuando Isabella atravesó la verja de la mansión. Había caminado las últimas cuadras con pasos lentos, arrastrando pensamientos y sensaciones que aún no lograba poner en orden. Llevaba el cabello suelto, un poco desordenado por el viento, y la bata de algodón doblada dentro de su bolso. Sus ojos, aunque cansados, brillaban con una intensidad nueva.
En cuanto cruzó la puerta principal, una vocecita corrió hacia ella con los brazos abiertos.
—¡Isa! —gritó Sofía, abrazá