La bodega abandonada seguía oliendo a óxido, humedad y abandono. La luz tenue apenas alcanzaba a iluminar los rostros tensos de Fernando, Marcos y Camilo. Antonio seguía amarrado a la silla con la misma sábana con la que lo habían sujetado en el hospital. Tenía la boca parcialmente libre, solo para poder hablar, pero cada palabra que decía le temblaba en los labios por el miedo.
El médico todavía sollozaba, con la cara hinchada por los golpes y la piel marcada por cortes superficiales que le ha