La bodega estaba sumergida en un silencio espeso, como si cada sombra en las paredes estuviera conteniendo la respiración. Solo se escuchaba el goteo de alguna tubería vieja y la respiración entrecortada de Antonio José Valera, que seguía amarrado a la silla con la sábana sucia. Tenía la cara empapada en sudor, el cabello pegado a la frente y el ojo derecho hinchado por los golpes que Marcos le había dado antes.
Fernando, Marcos y Camilo permanecían frente a él, cada uno cargando una mezcla de