La madrugada avanzaba con una lentitud exasperante. El reloj digital marcaba las 3:47 a. m., y la tormenta seguía siendo un monstruo insistente afuera, empapando las calles, azotando los cristales, hurgando con su aliento gélido cada rincón del hostal.
Dentro de la habitación apenas iluminada, los cuerpos compartían cama, pero no intimidad. Al menos no aún.
Isabella permanecía de espaldas, la respiración acompasada, el cabello extendido sobre la almohada como una sombra suave. No dormía. Fingía