La tormenta no dio tregua.
Marcos D’Alessio y Isabella Romano se acercaron a la recepción del hostal, donde un joven con cara de agotamiento los recibió con una sonrisa forzada, bajo la luz parpadeante de una lámpara vieja.
—¿Una o dos habitaciones? —preguntó el recepcionista, con los dedos ya sobre el teclado.
—Dos —dijeron ambos al unísono, y luego se miraron con incomodidad.
—Déjeme revisar… —tecleó rápido—. Mmm… lamento decirles que por el temporal todas las habitaciones están ocupadas. Sol