Ella dudó, como siempre que él le ordenaba algo. Pero la lluvia era implacable. Corrieron juntos. Las gotas azotaban los adoquines como si tuvieran alma, y cuando llegaron al portal, ambos estaban empapados hasta la piel. Jadeaban. Se sacudían el agua como podían, y sus cuerpos irradiaban un calor extraño, nacido más del roce involuntario que del movimiento.
—Esto es ridículo —murmuró Isabella, apartándose un mechón empapado de la frente.
—Tú siempre estás en el lugar equivocado —bufó él, cruza