Dos días habían pasado desde aquella tormentosa cena en el restaurante. La ciudad despertaba lentamente, y la luz de la mañana se colaba a través de los enormes ventanales de la oficina de Marcos. Sin embargo, nada parecía apaciguar el corazón del hombre que entraba al edificio con un aire gélido, más frío que el acero de sus propios negocios. Sus pasos resonaban en los pasillos como golpes secos y pesados; los empleados que lo veían pasar sentían un escalofrío recorrer la espalda. Marcos no pa