El reloj de la cafetería marcaba casi las 10:00 am cuando Marcos se quedó en silencio, mirando fijamente el fondo de su taza vacía. Había tomado la decisión. Ya no podía seguir escondiéndose detrás del apellido, ni de la memoria de su padre, ni del silencio que lo había mantenido prisionero durante años.
Camilo lo observaba en silencio, viendo cómo su amigo parecía debatirse entre la calma y la tormenta. Hasta que, de pronto, Marcos habló con una firmeza que no había mostrado en mucho tiempo.
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