El reloj marcaba las once de la mañana cuando Isabella entró con paso firme al despacho del señor D’Alessio. Llevaba en sus manos una carpeta de informes que había revisado durante toda la noche, intentando distraerse de los pensamientos que la atormentaban. Desde que había recibido el mensaje de Charlotte, su corazón había estado latiendo con una mezcla de nerviosismo y deseo.
La puerta se cerró con un leve clic, y el silencio del despacho se volvió denso, casi sofocante. Marcos estaba de pie