En la mente de Fernando, las imágenes se desplegaban con la nitidez de una película que jamás había querido volver a ver. Isabella, en silencio, lo observaba de reojo desde el asiento del copiloto, mientras él se hundía más y más en el recuerdo.
Aquellos años estaban teñidos de ilusiones.
Marcos, Adrián y él no solo eran amigos: eran un proyecto en construcción. Tenían la certeza —propia de la juventud— de que nada los derrumbaría, de que juntos podían conquistar el mundo.
—Un día vamos a tener