Cuando el coche cruzó las puertas de la mansión Perseus, Selene sintió de inmediato que algo había cambiado. No había guardias patrullando con la rigidez habitual, y las luces del ala este —donde residía la abuela de Zander— estaban encendidas de una manera extraña, mortecina. El silencio no era el de una noche tranquila; era un silencio espeso, cargado de la solemnidad que solo trae la muerte.
Selene bajó del vehículo con el corazón encogido. Olvidó su rabia por los micrófonos, olvidó la traic