El silencio que se instaló en la mansión Perseus tras el funeral de la matriarca no era una ausencia de sonido, sino una presencia física,
pesada y asfixiante como una mortaja de plomo. Las cenizas de la anciana aún no se habían enfriado en el mausoleo familiar cuando el eco de los buitres ya empezaba a resonar en los pasillos de mármol negro.
En Ciudad A, el respeto por los muertos duraba exactamente lo que tardaba en abrirse el testamento, y para Arthur Mancini, el patriarca de la facción riv