El sol se ponía sobre las islas Cícladas, tiñendo el Egeo de un rojo sangre que parecía una premonición. En una villa aislada de paredes encaladas, Zander Perseus sostenía el teléfono contra su oído, el silencio al otro lado de la línea era una sentencia de muerte.
Kethan acababa de darle la noticia con una voz que temblaba por primera vez en quince años: el convoy había sido despedazado, los guardias estaban muertos y Selene había desaparecido en la niebla del distrito cuatro.
Zander no gritó.