El silencio del túnel era sepulcral, roto únicamente por el zumbido del motor diésel del furgón blindado y el pitido intermitente de las máquinas que mantenían a Elena con vida. Marcus apretaba el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Por el retrovisor, vio cómo la figura de su hermano, Steve, se hacía pequeña en la entrada del túnel, recortada contra la luz gris del amanecer y rodeada por los faros enemigos.
—No mires atrás, Marcus. Conduce —se dijo a sí mismo, con la voz