El precio
A quince kilómetros de distancia, en el opulento pero asfixiante despacho de la finca principal de los Valenti, Lorenzo no lograba encontrar el descanso. La advertencia del emisario del Consejo, Don Carmine, resonaba en las paredes revestidas de madera como una condena de muerte con un temporizador de cuarenta y ocho horas. Sin embargo, lo que realmente estaba carcomiendo las entrañas del viejo patriarca no era la amenaza externa del Consejo, sino el veneno que Steve Castellano había inyectado e