El motor del coche robado por Marcus —un viejo sedán desgastado, con el silenciador roto— emitía un quejido sordo y metálico que competía con el azote implacable de la tormenta. La lluvia caía con tanta fuerza sobre el parabrisas que las escobillas, desgastadas por los años, apenas alcanzaban a desviar el agua, distorsionando las luces amarillentas de los pocos faros de la periferia industrial. En el asiento del copiloto, la pequeña nevera de corcho blanco que contenía las tres preciadas bolsas