El silencio en la cueva era espeso, roto solo por el sonido del goteo de agua desde el techo. Los licántropos que habían colapsado tras la explosión de luz permanecían inmóviles, pero Lía y Kael no se atrevieron a bajar la guardia. Sabían que en el mundo que habitaban, la calma rara vez era permanente.
Kael, con la espada aún en la mano, inspeccionó a las criaturas caídas. Algunos todavía respiraban débilmente, pero algo en sus ojos había cambiado. El rojo brillante que antes los dominaba había