La voz, familiar pero distante, llenó el aire frío que rodeaba el salón de los Ancianos. Lía se tensó, su mano moviéndose instintivamente hacia la empuñadura de la daga. La figura que emergió de las sombras era un hombre, su rostro parcialmente cubierto por una capa oscura, pero su mirada… esa mirada había sido suficiente para que el corazón de Lía diera un vuelco en su pecho.
—No tan rápido, Lía —repitió la voz, ahora más clara. Su tono estaba cargado de una mezcla de autoridad y amenaza, como