El bosque los devoraba con cada paso. La penumbra era espesa, casi tangible, y solo los sonidos distantes del viento entre las ramas los acompañaban. Aurora sentía cómo cada hoja crujía bajo sus botas, un recordatorio de que cada paso los acercaba más al refugio de Evangeline. A su alrededor, el grupo avanzaba con cautela: Damien, al frente, su postura recta y dominante como un escudo inquebrantable; Freya y Elias caminaban a su flanco, varas en mano, como dos faroles de protección.
La daga, es