El campo de batalla olía a cenizas y muerte. La Orden había sido destruida, pero el precio había sido alto. Aurora yacía en los brazos de Damien, su cuerpo tembloroso, drenado por la cantidad de magia que había desatado. La luz dorada que había envuelto su piel se desvanecía poco a poco, dejando atrás solo el sudor perlado y la sensación de vacío.
Damien no podía apartar la mirada de ella. Su mujer, su Aurora, su todo.
—Aguanta, amor —susurró contra su frente, sosteniéndola con la misma reveren