La mansión estaba sumida en un inquietante silencio. Solo el crepitar del fuego en la chimenea rompía la quietud, proyectando sombras alargadas en las paredes de piedra. Aurora, sentada en la orilla de la cama, sentía el peso de todo lo que estaba por suceder. Su mano descansaba sobre su vientre, donde la vida que crecía dentro de ella latía con una fuerza casi inhumana.
Damien la observaba desde la puerta, su expresión tensa, los puños cerrados a los costados. Sabía que esa noche podía ser la