SALVATORE
Nueva York huele a arrogancia.
Los edificios se alzan como gigantes orgullosos convencidos de su eternidad, pero incluso la piedra se desmorona.
Yo no me desmorono. Me consumo.
Las calles aquí brillan con un resplandor falso, chillón. La gente se empuja soñando con grandeza, pero su sangre es la misma. Roja. Caliente. Y siempre lista para fluir.
Prefiero Roma. No miente. Sangra a cielo abierto, y ahí es donde he construido mi imperio.
Pero a veces, incluso un rey debe cruzar los mares