NAHIA
No he dormido. No realmente. Al final, me quedé dormida unos minutos en la madrugada, acurrucada en la alfombra, con la espalda adolorida y los ojos ardientes. El silencio del apartamento se ha convertido en una prisión, una jaula donde mis pensamientos giran como bestias hambrientas. Y ahora, mientras el día se estira sobre el barrio, todo me parece aún más soso, aún más pesado.
Me arrastro hasta la cocina. La cafetera sigue ahí, astillada y desgastada, testigo de mis insomnios. Las taza