Después de hablar con sus hombres, Robert volvió al auto y emprendió la marcha; permaneció en silencio hasta que llegó a la vía principal.
—Te dejaré en un hotel cerca del aeropuerto.
Negándose a mirarla, continuó manejando. A medida que se acercaba al lugar, el lagrimal de su ojo picaba y los latidos de su corazón parecían ir decayendo. Se sentía ofuscado, con unas ansias de llevarla lejos, donde solo existieran él y ella; no obstante, recordó que ya la había secuestrado y eso no había cambiad