Cuando la noche llegó, Liam y Aurora salieron tomados de la mano; subieron al auto y se perdieron por la autopista. Llegaron a un restaurante elegante donde el día anterior habían hecho la reservación.
El instruido caballero, de rostro hermoso, perfecto y encantador, retiró la silla para que la dama que lo acompañaba tomara asiento.
Aurora O’Conner se acomodó en la silla y, acariciando el rostro hermoso de Liam, que se había inclinado hacia ella para darle un beso, suspiró.
El mesero se acercó,