Capítulo 8 El Latido que Calma la Tormenta
El trayecto hacia su apartamento se convirtió en una tensa carrera contra el reloj y mi propia paranoia. El silencio en el habitáculo del coche era denso, casi asfixiante, roto únicamente por el rugido bronco del motor y el chirrido violento de los neumáticos cada vez que Ben tomaba una curva con una brusquedad calculada. Su mirada oscura saltaba constantemente del parabrisas al espejo retrovisor, analizando los faros de los vehículos lejanos para asegurarse de que nadie nos estuviera siguiendo