Antes de subir al ring, se dirigió directo hacia mí. Ignoró los gritos de sus entrenadores y el ruido de la multitud. **Ben me miró fijamente**, con esos ojos que parecían leer cada uno de mis nervios. Sin decir una palabra, pegó su cuerpo al mío, todavía frío pero tenso como una cuerda de piano. Al principio, mi cuerpo se rigidezó, abrumado por la crudeza del lugar y la intensidad de su presencia. Pero entonces, su brazo rodeó mi cintura con una fuerza posesiva, atrayéndome hacia él y obligándome a sentir la protección de sus músculos bajo la camiseta de tirantes. Presionó sus labios sobre los míos con un deseo que me quemó. Cuando probé su boca, toda mi timidez se transformó en entrega. Me presioné contra él mientras su lengua se deslizaba con fuerza, en un beso que sabía a desafío y a promesa. Me alejé apenas unos centímetros para recuperar el aliento, y él me dio un último beso, lento y profundo, ejecutado **a la vista de todo el mundo**. — Lo hago para que sepan que vienes conmi
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