La luz de la mañana se filtró con una insistencia dorada a través de las rendijas de la persiana, dibujando líneas brillantes sobre las sábanas oscuras. Me removí despacio, experimentando una ligereza física que hacía años, literalmente años, no sentía al despertar. No había opresión en el pecho, ni esa desagradable película de sudor frío que solía adherirse a mi piel tras las noches de pesadillas. Alargué la mano de manera instintiva hacia el lado izquierdo de la cama, buscando el calor denso