Capítulo 86. Una locura de un hombre enamorado.
Durante los tres días siguientes, la mansión De la Vega experimentó un silencio sepulcral. Eugenia ya no estaba para soltar veneno y Pierina se había llamado a un silencio sospechoso tras una advertencia legal que Héctor le mandó con sus abogados. Pero para Héctor, la verdadera tortura no eran sus enemigas; era el hielo en el que Leonella lo mantenía congelado.
Ella bajaba a desayunar con el abuelo Nicodemo, atendía a Leo con una dulzura infinita, pero en cuanto Héctor entraba a una habitación,