Capítulo 85. Capaz de cualquier cosa.
Eugenia miró a su hijo. Buscó un rastro de piedad, una grieta de la culpa que solía usar para controlarlo cuando era más joven. No encontró nada. Los ojos de Héctor eran dos piedras oscuras, vacías de cualquier afecto filial. El Lobo había tomado el control absoluto y la madre ya no tenía territorio en su manada.
—Eres un monstruo —susurró Eugenia, dejando de forcejear. Su cuerpo se tensó, rígido por el orgullo herido—. Tu padre se avergonzaría del hombre en el que te has convertido. Un esclavo