Capítulo 42. La última palabra.
Héctor entró en su despacho como una ráfaga de viento negro. No devolvió el saludo a su secretaria; ni siquiera la miró. El sonido de sus pisadas sobre el mármol del pasillo había sido el único aviso de que el "verdugo" estaba de vuelta.
Cerró la puerta de un golpe que hizo vibrar los cristales de la oficina y se dirigió directamente al mueble bar.
Eran las ocho de la mañana. No le importaba.
Sirvió whisky en un vaso corto, sin hielo, y se lo bebió de un trago. El líquido le quemó la garganta,