La noche avanzaba sin clemencia, pero ninguno de los amigos encontraba siquiera un respiro. La casa parecía vibrar con una energía sutil, casi imperceptible, pero opresiva, como si cada rincón escondiera sus propios secretos sombríos. En medio de ese ambiente inquietante, Léa estaba sentada junto a la chimenea, tan serena y relajada que su actitud contrastaba de forma desconcertante con el de los demás, que parecían perdidos y sin saber qué creer ante lo que sucedía.
Alice, incapaz de contener