Léa se instaló en un sillón junto a la chimenea, con las manos aferradas a los reposabrazos como si buscara anclarse a la realidad. El resto del grupo se mantenía a distancia, aún perturbado por su llegada repentina. La atmósfera en la habitación era gélida, y cada uno parecía sumido en sus propios pensamientos.
Finalmente, Alice rompió el silencio, su voz traicionando una mezcla de curiosidad y desconfianza. — Léa, ¿por qué cambiaste de opinión? Eras tan categórica cuando te propusieron venir…