El salón, sumido en una tensión eléctrica, parecía demasiado estrecho para contener los miedos y desacuerdos del grupo. Mélanie, sentada en un rincón, no dejaba de lanzar miradas hacia las ventanas, como si esperara ver resurgir la inmensa sombra de Alice. Hugo, por su parte, se había hecho con un bate viejo encontrado en un armario, blandiéndolo como un talismán contra lo desconocido.
Lucas, de pie junto a la mesa, parecía reflexionar intensamente, su mirada pasando de un rostro a otro. —Escuc