En ese momento, María no tenía cabeza para pensar profundamente.
El repentino arrebato de pasión la había dejado completamente aturdida.
Sus ojos solo veían al hombre sensual y dominante frente a ella.
Su voz, suave como empapada en agua, murmuró:
— No necesito que te hagas responsable.
Alejandro la levantó en brazos y ambos cayeron sobre la cama. Inmediatamente, sus besos la arrasaron como una tormenta. Tanto sus besos como la forma en que desgarraba la ropa de María carecían de cualquier delic