—¿Qué está diciendo Alejo? —Joaquín creyó escuchar el nombre de Luciana.
—No escuché bien, vámonos —Ricardo negó con la cabeza.
Joaquín asintió.
Alejandro vomitó una vez en la madrugada, y todo el cuarto quedó impregnado de un olor nauseabundo. Con la boca y la garganta resecas, se sentía como un pez fuera del agua, a punto de morir de sed.
—Agua, agua...
Antes, cuando se emborrachaba, Luciana solía quedarse a su lado toda la noche. Si tenía sed, ella le servía agua de inmediato, y cuando se sen