Vanessa estaba tan furiosa que la cara se le deformó de la rabia.
Por dentro ardía, quería arrancarle los cabellos a la empleada en ese mismo momento.
Pero ahora no tenía de otra: si no le pagaba, iba a quedar peor, y además, esa mujer tenía que largarse de una vez.
Con esa boca, seguro era capaz de inventar cualquier cosa delante de Alejandro.
—Te hago la transferencia —dijo Vanessa, apretando los dientes, y le pasó la plata.
Ya de por sí andaba corta de dinero, y al soltar esos seiscientos dól