Luciana no mostraba mejoría alguna.
Era ella la que más sufría.
Todos hablaban de su matrimonio, opinaban sobre su relación y sobre su exesposo, y ella no podía decir nada.
Su esposo le había sido infiel.
Y ella se había divorciado.
La vergüenza era toda de ella.
Catalina respiró profundo, callada.
Solo había pensado en sí misma, sin darse cuenta del dolor que Luciana sentía, que era el más fuerte.
—Luciana...
—Mamá, estoy bien. Ustedes deberían dormir un rato. Ha sido un día largo, y todavía fa