Los aplausos aún resonaban en mis oídos como un eco lejano. Uno que contrastaba con el nudo en mi estómago.
La reunión había sido un éxito rotundo. Todos los inversionistas querían ser parte. Cada palabra, cada presentación, cada proyección, había sido como una coreografía perfecta entre Mathias y yo. Parecíamos invencibles. Fuertes. Un equipo sólido. Casi… una pareja.
Las felicitaciones llegaban una tras otra. Algunos incluso insinuaban que nuestro “amor” era el secreto del éxito de esta nueva