El reloj marcaba las 10:14 a. m. y yo ya estaba en mi tercer café. La sala de reuniones olía a madera recién pulida y nervios en el aire. Teníamos una presentación importante con inversores internacionales y, aunque Mathias manejaba el idioma con soltura, yo me había preparado durante días. Este era mi momento.
—Ana, ¿estás lista? —me susurró Mathias al oído mientras acomodaba la carpeta frente a mí.
Asentí, con la voz atascada en el pecho. Una parte de mí seguía temblando por dentro, pero la o